Una visión occidentalista y profana de la corrupción a través del tiempo
El primer acto corrupto del que tiene conocimiento la humanidad sucedió en el sector privado; según lo narra la Historia Sagrada, Adán y Eva fueron sobornados por una serpiente que les ofreció una manzana a cambio de que probaran del árbol del bien y del mal. Tras caer en la tentación, fueron expulsados del paraíso por dios, quien aprovechó el asunto para condenar de por vida a los católicos, que desde entonces tienen que bautizarse para borrar el pecado original, según nos explicaron de niños.
La segunda generación de humanos no se salvó del tremendo flagelo de la corrupción: Los hijos de Adán y Eva, Caín y Abel, el uno se dedicaba a la siembra y el otro al pastoreo de corderos, como quien dice, eran agropecuarios. Ante el concepto emitido por Jahvé sobre la supremacía de Abel como pastor sobre Caín como agricultor, este último en un ataque de celos profesionales, sacó de competencia a su hermano menor, y tratando de encubrir el guarapazo con que le propinó la muerte al pecuario, recurrió a la mentira, con tan mala suerte que Jahvé siempre estaba en todas partes, y no comió cuento.
Desde entonces, muchas más marrullas se harían famosas, como aquel cambiazo de la primogenitura por un plato de lentejas entre Jacob y Esaú; el sensual baile de Salomé frente a su padrastro Herodes Antipas, por orden de su madre Herodias, que desembocó en la decapitación de Juan Bautista; o la traición de Dalila a Sansón, a cambio de mil cien siclos de plata de cada príncipe filisteo, quienes le sobornaron.
Siendo ésta nuestra naturaleza, no resulta raro que Judas vendiera a Cristo a cambio de treinta monedas de plata, como bien lo relata Mateo 26,15: “y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata”. Pero es que Judas también tenía ya su antecedente, reseñado en Juan 12,6 “Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella”. El hombre, en su calidad de Tesorero del equipo de Cristo, fue pillado cometiendo enriquecimiento ilícito con el dinero de los pobres.
Pero es que ni Pedro, piedra sobre la cual Jesucristo decidió edificar su iglesia, estuvo exento de culpa. Tal como lo vaticinó poco antes el propio Jesús, luego de su arresto en el Monte de los Olivos, el discípulo dilecto Cefas o Simón Pedro, antes de que cantara un gallo, cometió la mayor deslealtad de la historia, negando a su Maestro, no una, sino tres veces.
Según Mateo 16, 19, Jesús le habría dicho previamente a Pedro “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos”. Semejante papayaso de Jesús a quien, a sabiendas suyas, muy pronto le traicionaría, es sin duda la causa estructural de la reconocida corrupción en las altas esferas de la Iglesia católica asentada en el Vaticano, que por los siglos de los siglos, y mediante una gran farsa, dominó a su acomodo la moral de occidente, y buena parte de los mitos religiosos, muchos de los cuales subsisten en nuestros días.
Ya desde mucho antes, el mundo de los humanos se había caracterizado por el vicio del engaño y la mentira. Como lo relatan Homero en la Odisea y Virgilio en la Eneida, el adivino griego Calcante le sopló a Odiseo la táctica del engaño a los troyanos, a quienes terminaron ‘ofrendando’ en nombre de Atenea, diosa griega de la guerra, un enorme caballo de madera, repleto de temibles y bien armados guerreros, los cuales salieron oportunamente de su interior, y ahí fue Troya.
Ni qué decir de la corrupción durante el Imperio Romano, cuyo desplome se debió en alguna medida a tan reprochable vicio. Personajes como Tiberio, Livia, Agripina, Calígula o Nerón encarnan el ejercicio de conductas éticas bastante cuestionables, imaginativamente narradas en la novela Yo, Claudio de Robert Graves, y minuciosamente descritas en las obras del historiador Jérome Carcopino, que marcarían el comienzo de la decadencia.
Llegada la Edad Media, cuna de las instituciones modernas y del concepto de estado-nación que conocemos hoy, la corrupción corrió casi exclusivamente a cargo del clero, que se encargó de marcar falsamente este productivo período histórico, como la era del oscurantismo. La razón de ello radicó en el cuasi monopolio del conocimiento por parte de la iglesia católica, situación que se recrea estelarmente en la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa. Con la sartén por el mango, el papado, a través de los clérigos, se constituyó, junto con la nobleza, y los comerciantes, en uno de los tres estamentos de la época. Pero las más de las veces, su poder propio dominó sobre estos, y reinó hermanado con las monarquías.
El poderío del papado se consolidó plenamente tras la caída del Imperio Romano. Era la época del Renacimiento, en la que las grandes castas monárquicas, emparentadas desde luego con los Papas, mantenían una relación unívoca entre poder estatal, poder militar, poder económico, y por supuesto, poder religioso.
Un clan dominante, como fue el de los Borgia, familia reconocidamente cruel y codiciosa, originaria de Valencia (Borja) y que mantuvo un gran influjo sobre el mapa geopolítico renacentista, aportó dos Papas. Por su parte, los Médici, de linaje menos encumbrado que los Borgia, y que suplieron tal condición con su riqueza, derivada del hábil ejercicio de la banca, aportaron tres Papas. En honor a la verdad, los Médici brillaron como mecenas del arte y la arquitectura, virtud por la que son recordados, antes que por las prácticas maquiavélicas del poder, que por entonces eran vistas como normales. Recordemos nada más la simonía, consistente en la compra o venta de lo espiritual a cambio de bienes materiales, práctica muy usada al momento de las elecciones papales y de otras dignidades.
Los pontífices de entonces rigieron políticamente los países donde la religión católica era predominante, negociando alianzas por debajo de la mesa con los monarcas gobernantes, a la vez que dedicando buena parte de sus energías y su dinero a hacer la guerra ‘santa’, a través de las Cruzadas, e intentando cerrar la brecha creada con el cisma de oriente.
El estado Vaticano erigió durante el Renacimiento una fuerte economía propia, a base de tributos recogidos de sus fieles alrededor del mundo occidental, sobre la cual se han producido desde entonces todo tipo de oscuros manejos financieros ypolíticos, incluyendo monumentales desfalcos como el ocurrido en tiempos ya recientes con el Banco Ambrosiano.
Tras el auge definitivo de la burguesía, la Iglesia cedió espacio a la nueva clase dominante, con la que pronto se emparentó. Ya empoderados los burgueses, se convertirían en los nuevos protagonistas de hechos de corrupción a diestra y siniestra. En Inglaterra nacieron de manera oficial el Lobby y las comisiones por gestión de oportunidades financieras y de comercio con el nivel gubernamental, lo cual se hizo costumbre en muchos países, de manera legal o subrepticia.
La reforma protestante, encabezada por Lutero, dio al traste con el Renacimiento como era histórica, marcando el surgimiento de una nueva mentalidad universal que transgredía la autoridad del sumo Pontífice. En este nuevo ámbito se vio emerger a los Estados Unidos de América como potencia, y se puso de relieve la visión doble moralista de una sociedad básicamente puritana, que en lo internacional no tiene pudor al momento de desatar una guerra o derrocar un gobierno que no le sea conveniente a sus intereses. Innumerables pruebas hay de la injerencia corrupta de gobernantes y diplomáticos estadounidenses en el destino de pequeñas naciones como Colombia.
Entendida la historia como un río de sucesos en el que constantemente salen a flote los más bajos sentimientos e instintos humanos, poco nos cuesta comulgar con la reciente frase del afamado empresario Miguel Nule, según la cual la corrupción es inherente al ser humano. Sabemos de sobra que no somos ángeles, pero queremos permanecer lejos de los demonios. Actos corruptos de muy diverso tipo se cometen día a día a nuestro alrededor, en nuestras narices. Y de alguna manera hacemos parte de esto, pero no lo aceptamos. El que los actos corruptos sean tan corrientes, le sirve de soporte a otra célebre frase, muchas veces ridiculizada y cuestionada, pero más que por errada, por quien la dijo, el ex presidente Julio César Turbay Ayala: Hay que reducir la corrupción a su justa proporción. De manera realista, digamos que siempre habrá algún nivel de corrupción en nosotros.
Sobre la corrupción en lo público, si en verdad nos anima tener una sociedad más justa y equitativa, y en general, dejar a las futuras generaciones un mundo mejor (o cuando menos dejar un mundo), es hora de salirnos de la critica pura, y convertirnos en actores del cambio, para hacerle frente a la enorme corrupción que se vive, y a los corruptos.
La clave es la participación. Participación para llenar espacios que de lo contrario llenan los corruptos. Participación en la elección de gente comprometida con el verdadero cambio, que represente fielmente a los electores, y que mantenga con estos un alto grado de comunicación e interacción, para cumplir fielmente lo ofrecido. Démonos una oportunidad para hacer las cosas de otra manera. A lo mejor resulta bien.